Hoy que conozco los resultados de mi ancestría genética y cómo se han distribuido los genes de mis antecesores por tantas regiones geográficas me queda claro que mi búsqueda es nostálgica (como si alguna no lo fuera) y ya no sólo se refiere a la inasible indagación filosófica, metafísica o cúantica de los orígenes del todo, sino a la concreta, determinada y simple historia de mi origen individual, obra aventurada y aventurera de mis ancestros inmediatos y fruto a su vez de nuestros ancestros sucesivos.

Lo único que me queda muy claro de él es que murió el día de mi cumpleaños. Se llamaba Federico. Vino a México muy pequeño desde Sicilia por razones que desconozco. Tampoco sé cómo conoció a mi abuela, quien para los estándares de la época era una “quedada”, la cuestión es que se casaron. El primer hijo que llegó como sucedía en esos tiempos, rápidamente, lo nombraron Mario y a la segunda, nacida muchos años después, Cecilia —mi madre—. Mario, como se llamaba también su abuelo, siempre tuvo lo peor de la familia y lo devolvió con creces: fue muy rechazado y comparado con mi madre, a quien ya de adulto, intentó de distintas maneras joder. 
Pero como esta no es su historia, dejémoslo en que lo único que hizo bien fue ayudarnos a mis hermanas y a mí en un tiempo espantoso de crisis, cuando mis padres habían sido encarcelados por razones políticas; él nos sacó del país y, sin saber muy bien qué hacer con nosotras, nos llevó a Disneylandia.
Mi abuelo, del que escuché historias, que imagino completas, no se quedó con mi abuela, se fue a la revolución con los hermanos Flores Magón, editó con ellos Regeneración y se dedicó a amar a otras mujeres con quienes tuvo hijos, a todos les puso el mismo nombre: a los niños Mario, a las niñas Cecilia.
Como he dicho, cayó de una escalera y murió. Durante su sepelio, sus primeros Mario y Cecilia se enteraron de todos los Marios y Cecilias que había, la muerte de su padre les trajo una noticia: no eran únicos, serlo era una nueva tarea.
Astrid (Ciudad de México)
 

El guardapelo de las poetisas 

Para que nunca se les olvide, las poetas llevan colgando del cuello el guardapelo vacío de las poetisas.

¿Qué hacer con su moño resignado y su croché, sus juegos sin apuesta y sus remilgos, con esa manía tan suya de escribir y tirarse de la enagua?

Me prometí quitarles a sus nombres la tachadura, como quien sabotea un cepo con un palo; no juzgarlas ni juzgar tampoco a quienes consintieron la demencia por un equívoco romántico.

Esto último me cuesta mucho.

Confesando que me gustan las isas y los ismos, y también sin medida lo contrario, me pregunto cuánto quedará en nosotros de su amor por la nadería.

En inglés isabelino llamaban nothing a lo que ellas tenían entre los muslos.

Todas las mañanas del 2019, llevando a Bruno (mi primogénito) a la parada del camión de la escuela, a la misma hora y desde el mismo sitio, realizamos una fotografía del ALBA. En primer plano el estadio Universitario de C.U. y al fondo los volcanes que vigilan a la CDMX.

No sabíamos que estas imágenes terminarían siendo el resultado de este trabajo, pero la vida así lo quiso… y nosotros también. Se me ocurrió hacer algo que jugara con la información genética, la herencia, la vida cotidiana, la evolución, el juego… y propongo esta doble hélice que… amanece.  Es la hélice que hace posible pasar la estafeta generacional, (compartida con mi hijo, de manera genética en primera instancia), haciendo algo que nos junte, para intentar que el tiempo se detenga y conocernos, quizás mirando un amanecer y tratar de conservar para siempre un instante, una idea, una imagen que siempre será otra. Se quiere detener el tiempo y no es posible; la evolución de los amaneceres continúa hacia el día, la noche y un nuevo amanecer, pero distinto. Como la vida de un personaje.

Sin duda, somos producto de muchas determinaciones: la biológica, por la que pertenecemos a la especie humana; la genética, que nos particulariza ancestralmente como individuos; la cultural, que nos ubica en un tiempo y espacio históricos; la social, que nos ubica en un determinado lugar de ese contexto histórico y finalmente, la política, que elegimos. ¿Qué peso le damos a cada una de estas determinaciones en el intento permanente de constituirnos como individuos? Los extremos son relativamente fáciles de establecer, por ejemplo, habrá a quien le importe el linaje, tan preciado, tan banal y tan anacrónico, no por nada existen aún monarquías en el mundo, pero la realidad es que somos la mayoría los que existimos y vivimos por razones mucho más simples, generalmente por la constitución de una nueva familia, y resulta relativamente fácil establecer los orígenes inmediatos y conocer la genealogía familiar. 

Yo sé que tuve un bisabuelo catalán que viajó a fines del siglo XIX a Cuba y después a México, donde fundó una librería. También supe, por casualidad, que mi apellido llegó a América con la Conquista a través de un conquistador que se estableció en el occidente del país. Incluso, hay una provincia de Híjar en España, cerca de Teruel, con la que hasta ahora no encuentro relación alguna. El resto de mi familia, abuelas y abuelos, nacieron aquí entre Pachuca, Guanajuato y la Ciudad de México. 

La cuestión es que, históricamente definidos, provenimos de mestizajes genéticos y culturales que importan (o no) cuando adquirimos y construimos la conciencia de nosotros mismos. Es ahí, en ese momento y en ese proceso que somos quienes somos producto de una suma de identidades, entre las que elegimos y las que no, que operan en los diversos frentes de nuestra existencia. Sin duda, hay un núcleo duro: humana-mujer-mexicana, al que se van sumando otras identidades personales, por elección, que nos caracterizan y definen.

Ella era poderosa y agraciada, parecía una gacela corriendo por la llanura agreste, su cabello se movía a causa de la carrera y el viento caliente que empezó a soplar de súbito. Yo la seguía de lejos con la mirada, aparecía y desaparecía entre los grandes  y secos arbustos de aquel paraje pedregoso. Ella era diferente a todas las mujeres de mi especie. Yo no la quería asustar más de lo que aparentaba, ella no era como yo, yo le parecería tan feo, tan parecido a los animales. Pero porqué corría, su cara de miedo era bonita, los huesos de su rostro eran fuertes, pero : ¿qué la hacía huir? De pronto lo vi, ya no estaba tan lejos de ella cuando lo vi; detrás, a una distancia que se iba reducir muy pronto, venía corriendo un Rinoceronte. Entonces salí de mi escondite entre ramas y pastos secos, su cabello tenía un extraño mechón como el color de los pastos secos. Sin pensarlo y queriendo protegerla, me di cuenta que estaba ya corriendo casi a su lado, ella era muy veloz sobre dos piernas, yo tenía que descansar pero la bestia venía en una pequeña y delgada nube de polvo avanzando hacia nosotros velozmente.  Ella giró su cabeza y con solo verme tomó el control de mi, con un movimiento del cuello  me indicó que la siguiera, apenas pude hacerlo, ella tenía las piernas más hermosas y veloces que yo hubiese visto, era muy poderosa. Dio un giro y señaló un gran árbol que yo no conocía en la llanura, a pesar de que había ido tantas veces a buscar alimento y agua a estos parajes. El Rinoceronte perdió terreno cuando dimos la vuelta brusca hacia el árbol, nos debe haber perdido de vista pues ahí los arbustos eran mayores y más verdes y altos.  Ella subió apresuradamente por el árbol,  yo la seguí, trepando lo más ágil que pude, quería lucirme, hacer algo bien, ella me estaba salvando y no yo a ella.  Estábamos hasta lo más alto del árbol, dominábamos  toda la llanura, a los pocos segundos se escuchó un golpe fuerte y seco allá debajo de nosotros, cerca  del suelo, pero el tronco era tan grueso que ni siquiera se cimbró ante los tres embates que escuchamos del gran y corpulento unicornio.  Ella era más hermosa que todo el paisaje que nos rodeaba,  yo sentía más adrenalina al estar frente a sus ojos que por temor al tremendo animal que chocaba contra la corteza tratando de tirarnos en vano, pero ella era la protectora y de pronto estaba llorando. 

Ars Poética
Crea cada uno de tus poemas como si fuera el último.
En este siglo saturado de estroncio,
lleno de terrorismo,
en el que todo ha echado a volar con velocidad supersónica
la muerte viene aún más rápida.
Manda cada una de tus palabras
como si fuera la última carta antes de la ejecución,
como un mensaje en el muro de la prisión.
No tienes derecho a mentir,
ni el derecho a los juegos infantiles.
Simplemente no tienes tiempo para corregir tus errores.
Escribe cada uno de tus poemas,
lacónicos y despiadados,
con sangre, como una despedida.

Siembra a ciegas 
Arrojadas de ninguna parte 
por la mismísima mano vacía del Universo,
semillas de laboratorio, 
esparcidas y abandonadas a su suerte, 
o peor todavía, 
bajo permanente control, 
nos precipitamos
y precipitamos 
cada vez más aceleradamente,
más unidireccional, 
más vertical, 
cada vez más y más 
hacia la Tierra,
hasta sembrarnos en ella.

¿Y qué brotará?

Mi infancia estuvo ligada al mar. Sin embargo, nunca me ha gustado. De niña detestaba hacer castillos, sentarme en la superficie vidriosa de la playa y las olas me provocaban desconfianza. ¿Quién no ha sentido el revolcón cuando pierdes el cielo y el aire, das vueltas y terminas con la maldita arena metida en el traje de baño?
Lo único que me divertía era la búsqueda de los tesoros marinos: conchas, corales, caracoles y piedras, y mojar los pies, quieta, en ese pedazo de mundo donde el agua viene y se regresa, donde una espuma blanca por un momento oculta los dedos de los pies y sientes que podrías caminar sin que los demás se percaten, casi en silencio sobre una superficie que es toda ella vaivén y sonido, una que se queda en la noche y te hamaca para recordarte que el suelo es algo que a veces desaparece. 
Hace tiempo soñé que un hombre me acompañaba a un lugar cuyo camino se interrumpía por agujeros bardeados. Si te asomabas, abajo rompía el mar sobre esqueletos gigantes de erizos. En mi sueño, ese abismo, se comparaba a las ganas de besar a ese hombre. No lo hacía. Caminábamos hasta un bar donde escuchábamos jazz. Nos sentábamos en la mesa con dos amigas mías. Una lo besaba como yo quería, mientras la otra observaba mi reacción que estaba llena de sorpresa y de rabia, juzgando mi deseo no manifiesto. Desperté. 
El mar se cuela aún y me deshace el piso.

Tengo que resaltar que el haber sido invitada a participar en este estudio me hizo sentir sin duda privilegiada entre muchos, el simple hecho de tener la posibilidad de saber mas de mi a un grado de detalle inimaginable, creaba en mi un nerviosismo inexplicable. 

Lo primero que daba vueltas en mi mente fue el, “que hare con esa información”, información “solo de mi, solo mía, vista de cerquita, que se abre de repente al mundo”. “Uff que miedo” 

Esta gran oportunidad sin duda alguna generó una gran curiosidad y expectativa, sembró esa necesidad de querer saber mas de la trayectoria de mi familia a lo largo de ¿los siglos?. 

“¿Estaré hecha de lo que creo que soy, y si no?” 

Alejandro Ortiz González

Juegos de 28 piezas de dominó en los que se intercalan las 4 letras correspondientes a los cuatro tipos de bases nitrogenadas que se encuentran en la molécula del ADN: Adenina (A), Citosina (C), Guanina (G) y Timina (T). La secuencia de bases en una porción de la molécula de ADN se denomina gen y contiene las instrucciones necesarias para construir una proteína.

 El acrónimo AGTC, en una distribución aleatoria en juegos de dominó de 28 piezas, me sirve para aventurar (imaginar, soñar, desear) que la genética es una operación que conjuga Azar, Posibilidad y Probabilidad al mismo tiempo.

La composición genética (ancestral) de cada individuo conlleva implícita una carga determinada en la herencia del código de los padres (mitad y mitad), que nunca será la misma herencia que puede recibir un hermano. ¿Qué determina la composición de esa carga y no otra? O en otras palabras, ¿por qué esa carga específica va a un individuo, y otra carga a su hermano(a), y no al revés? ¿Cuánto hay de azar, probabilidad y posibilidad en esta asignación de cargas?

Así como jugamos en el imaginario con que la temperatura durante el embarazo puede modificar la asignación de un género sexual en el bebé, igualmente hay una serie de factores que hacen que la carga hereditaria en un individuo sea una, y no otra. ¿Podríamos haber sido otros, y no nosotros, en el juego de dominó? 

En su poema Ajedrez, Borges plasma con maestría lo que yo apenas trato de esbozar en mi pieza Dominó genético, y curiosamente, lo hace con 2 sonetos en un mismo poema, compuestos por 14 versos cada uno, que sumados dan 28, igual que el total de piezas contenidas… ¡exacto! en un juego de dominó.

No hablaré de lo que pasa donde rompe la ola, de la corriente que se enreda y se aferra a la espuma o la sal que se disuelve sumergida en el aire. Quizá del mar que se me perdió en la infancia en Playa los Muertos, como si fuera un augurio, donde ya no arde la luciérnaga la noche, y se queman los hilos de la memoria en un cigarro. Quizá ni eso, y me quede haciendo el ruido del extranjero que se come a parpadeos el cielo toronja, desfigurando en los perfumes de la ginebra la miasma nauseabunda del sargazo. O menos aún, me desgranaré solo en la centelleante arena para que las casitas blancas florezcan sobre mi cabeza y agavillado a otro sueño me plante como la palma me beba como la tuba.
Herles Velasco (Jalisco) | @lacevos
octubre de 2019.
Pudo haber dado a luz un ejército numeroso
pero tuvo sólo dos partos: una cuadrilla reducida,
suficiente para llenarle la vida de incendios. 
Mi madre tenía las caderas altas y discretas.
Se abrieron una vez y otra vez no. Decidió la ciencia
que fuéramos par, aunque la estadística tendía a una y muerto. 
Mi tía tiene las caderas más bien bajas. 
A ella se le estiró la piel ya estirada, apenas en cicatriz;
tres salieron de su vientre. 
A mi madre y mi tía
se les ha ensanchado 
el modo de andar. 
Dos mujeres han parido sangre de mi sangre. 
Mi prima abrió sus propias caderas para traer otra niña. 
Somos un matriarcado sin disimulo. 
Bisabuela mi abuela, tía mi madre, abuela mi tía. 
Yo: tía que baila y cuenta, que cuenta y anda. 
Mis caderas fueron siempre más bien escuálidas. 
Las distancias y las muertes las redondearon. 
Quizá se me abrieron 
por dentro
para darme a luz 
cada vez que nada me estaba naciendo. 
 
 
Mercedes Alvarado (Ciudad de México, 1984)
Del poemario Casa en venta Memoria

Salwa Al Neimi  1950

Imprudencia

Por tus transgresiones
Las mañanas y las noches
Tu devoras la cabeza de la serpiente
Y regalas al asesina el golpe de gracia
Indecisas las horas del deseo
Oh mi patria
Te juro no me has donado vida
¿Como puedo correr hacía ti
Si tu saliva altera mi sangre?

Venimos juntos, de la mano,
hombro con hombro,
a someternos al tribunal del espacio físico donde aún podemos encontrarnos,
a rescatarnos juntos,
a descubrir que somos,
todos reunidos, materia de memoria, cuerpo, palabra.

(Alejandro Ortíz, De profundis, fragmento)

Al ver los resultados de mis ancestros genéticos me llevó a preguntar si sería posible conocer mi gen primogénio,  sueño imposible  que se suma al deseo del hombre al querer conocer el origen de éste, en mi caso mi origen.

Si pienso que vengo de un desarrollo biológico desde las criaturas más simples hasta llegar al  día de hoy, mi historia no terminaría de contarla y probablemente me perdería en la narración.

Si acoto mi historia a mis ancestros más cercanos, entonces mi historia se acorta, se parcializa al encontrar que mi origen no solo tiene que ver con una evolución genética, sino también con una historia familiar y el entorno que me rodea.

Los seres humanos  experimentamos una restricción peculiar, nos percibimos como seres principalmente emocionales y sociales olvidándonos, con frecuencia, de la parte biológica que nos conforma, damos prioridad a lo que vivimos día a día fuera y dentro de la familia en la convivencia cotidiana.

Este pedacito de mi historia ancestral lo quiero comenzar con mi abuelo paterno. Su nombre es Giovanni Falcone. Era zapatero en Cava dei Tirreni, un pueblito cerca de Nápoles. Se casó dos veces y tuvo muchos hijos. Sus ideales y principios lo llevaron a un campo de concentración. No era judío, pero tampoco Camicia Nera y se salvó por saber alemán y ser útil como traductor. Regresó con los suyos un tiempo muy corto para poder explicarle a todos sus hijos. La familia era muy pobre en el tiempo de la guerra. Cuenta mi papá que en medio de la casa encendían una estufa con fuego para calentarse. En las brasas cocían papas y cuando estaban listas, se sentaban todos juntos a cenar y mi abuelo les contaba historias. Se lo llevaron a Auschwitz, pero justo entonces llegaron los americanos (los estadunidenses) y se acabó la guerra. El abuelo vivió bien sus últimos años al cuidado de su familia y de su consuegra, la señora Anna Maria, una maga en la cocina que hacía, con bien poco, platillos suculentos para consentir a todos y los especiales para cuidar a Don Giovanni. Ella acogió a mi madre, una extranjera morena, mexicana, la segunda esposa de mi padre, y le enseñó su cocina, la que ahora aprendo yo.
La gastronomía italiana es muy popular en todo el mundo, pero como sucede con la traducción, se pierden cosas en el traslado. La auténtica carbonara no lleva crema, ni los fettuccine Alfredo, ni el risotto. La consistencia cremosa se la da el proceso de manteccatura, el cual consiste en revolver mantequilla o cualquier otra grasa con parmesano rallado fino, fino. Eso se le agrega a la pasta o al arroz, una vez que ya se apagó el fuego y con un movimiento envolvente y constante se obtiene la consistencia deseada. Lo que se ha perdido es la técnica y el amor de familia, de una nonna que dedica toda su paciencia a crear el platillo perfecto para los que ama. En este movimiento envolvente, yo pienso en ellos, en hacerle justicia a mis antepasados que con su pasión me dieron vida, porque la vida tiene todo el sentido cuando se comparte una buena comida, un vino y una charla con nuestros seres queridos.
Amanda Falcone, Xalapa, octubre de 2019
 
No hablaré de lo que pasa donde rompe la ola, de la corriente que se enreda y se aferra a la espuma o la sal que se disuelve sumergida en el aire. Quizá del mar que se me perdió en la infancia en Playa los Muertos, como si fuera un augurio, donde ya no arde la luciérnaga la noche, y se queman los hilos de la memoria en un cigarro. Quizá ni eso, y me quede haciendo el ruido del extranjero que se come a parpadeos el cielo toronja, desfigurando en los perfumes de la ginebra la miasma nauseabunda del sargazo. O menos aún, me desgranaré solo en la centelleante arena para que las casitas blancas florezcan sobre mi cabeza y agavillado a otro sueño me plante como la palma me beba como la tuba.
Herles Velasco (Jalisco) | @lacevos
octubre de 2019.

La Malinche o Malintizin, jugo un papel importante durante el periodo de la conquista, pues era más que la traductora y comunicadora, fue la consejera de Hernán Cortes, el conquistador, y su participación fue clave porque le permitió a Cortes tejer las alianzas para derrocar al gran imperio Azteca. La Malinche hablaba la lengua náhuatl y la maya porque recibió una educación que estaba reservada, en su época, a las familias con una posición privilegiada, lo que a su vez le facilitó el aprendizaje del castellano.

La colaboración de esta enigmática mujer indígena tiene un valor simbólico innegable en la formación de la actual nación mexicana, porque, además de tener un hijo con Hernán Cortés, da origen al mestizaje representando el enlace de las culturas que conforman un nuevo país. El dilema de la Malinche es ser personificada como la traidora que, seducida y/o sometida, vende a su gente al líder extranjero, haciéndola merecedora del rechazo de la sociedad de donde es originaria. Asimismo, tampoco encaja en la sociedad de españoles recién llegados, por ser considerada una india de inferior categoría. Para ser aceptada tiene que asimilarse, evangelizarse y transformarse en Doña Marina, como la bautizan los españoles.

Según Hernández A. (2oo5) ¿Cómo puede ser considerada una traidora una esclava a la que han excluido de su sociedad y que vio en los españoles la esperanza de mejorar su vida?

Lo cierto es que para ciertas feministas la Malinche representa la búsqueda de un espacio seguro en un momento de ruptura de un imperio donde las mujeres eran sometidas y sacrificadas. En este contexto, la vía es la asimilación a la nueva sociedad, lo que significo convertirse en….., transformarse en ….,  para integrarse a una cultura que se suponía era mejor, más evolucionada, por lo tanto superior, y así, lograr tener un lugar. No obstante, la profunda raíz ancestral no desapareció sufrió una metamorfosis, a pesar de que quedó enterrada gran parte de su riqueza cultural.

El nacimiento de esta nueva cultura tendría que haber puesto en el centro a los representantes de la misma, los mestizos, pero no fue así, durante siglos siguió siendo dominada y organizada por los criollos, que establecen estructuras y jerarquías sociales desiguales, dejando al margen a los portadores de las culturas originarias, y a la mayoría de los mestizos, en este entorno de desventaja las mujeres fueron las menos favorecidas…

Yo no soy yo
como el paciente zapatero no fue, el religioso padre
de Francis Crick, no el dogma sino la física,
cierto atardecer en las márgenes del río Nene,
la curvatura y el peso de las ramas de un árbol.

Yo no soy yo y soy
la canción de cuna que tarareaba mi madre,
las especias y el fogón de la cocina de mi abuela,
la forma de caminar de mi padre rápida, nerviosa,
de animal encerrado.

Yo no soy yo y soy
cuando veo reposar el largo cuerpo del amado,
sus movimientos pausados, distenso
el tendón y el ligamento, su sueño
heredado entre continentes.

Raíz no somos, seca por dentro,
sin la aleación de las moléculas
y sin embargo somos la memoria del árbol,
el fluir del río, cierta luz en nuestros rostros.

El proyecto del Mosaico genético me ha llevado a imaginar, escondido en mis células, un complejo código secreto que recoge una larga historia, que rebasa irremediablemente el legado inmediato de mis padres y abuelos. Me gusta pensar que, en mi cuerpo, se manifiesta la memoria genética de personas que habitaron el espacio indoamericano –esa parte que llaman Mesoamérica—  miraron el horizonte mediterráneo, sintieron frío en las montañas del Punjab (¿o tal vez Cachemira?) y caminaron por las tierras africanas donde se originó la vida humana. Cuando intento “mirar” hacia atrás –sería mas preciso decir “adentro”—  imagino espacios y tiempos que, aunque “objetivos”, para mí son borrosos, espectrales e irreales. El pasado ya no existe, como tiempo se ha perdido irremediablemente; pero las células desafían al olvido porque logran que lo que fue sobreviva de muy distintas maneras en cada uno de nosotros. Soy historiadora y aunque estudio las “herramientas conceptuales” y los “discursos” en torno a la vida de los seres humanos en el tiempo, cuando se trata de mi pasado, me resulta imposible aprehenderlo con mis sentido o mi mente. Por eso, este camino de autorreflexión me lleva a las imágenes, con las que me siento cómoda para expresar lo inefable.