Astrid Velasco Montante es licenciada en Lengua y Literaturas Hispánicas por la Facultad de Filosofía y Letras, unam. Actualmente, es coordinadora de Publicaciones del Centro de Investigaciones sobre América del Norte, unam. Desde 1991, ha trabajado como editora, correctora, formadora y redactora editorial para instituciones, museos y editoriales. 

Además, desde 2003 ha impartido clases en distintas universidades.

Ha publicado cuento, poesía y artículos en diversas revistas, antologías literarias y páginas de Internet de México, España y Estados Unidos.

Historias

Averiguando sobre mis historias me enteré de que la madre de mi abuela materna murió asesinada por accidente a manos de su hijo. Mi abuelo cayó de unas escaleras el día de mi cumpleaños y murió. Mi madre fue encarcelada, como presa política, en otro de mis cumpleaños. Mi abuelo paterno fue presidente municipal de un pueblo de Jalisco, donde sucedieron muchas cosas extrañas. Mi historia está llena de historias mías y de otros. Yo he tenido instantes espantosos y otros luminosos que me hicieron sobrevivir. ¿Cómo es que tengo segmentos genéticos de chino y japonés?, ¿por qué tengo de los Andes? Viajes que no imagino sucedieron para que yo existiera, personas se reunieron, tuvieron sexo, tal vez se amaron. Somos instantes de otros: mojar los pies en un mar, saborear un pastel, sentir una piel, derribar con un golpe, ahogar un grito.

No recuerdo a mi abuelo materno. Lo único que me queda muy claro de él es que murió el día de mi cumpleaños. Se llamaba Federico. Vino a México muy pequeño desde Sicilia por razones que desconozco. Tampoco sé cómo conoció a mi abuela, quien para los estándares de la época era una “quedada”, la cuestión es que se casaron. El primer hijo que llegó como sucedía en esos tiempos, rápidamente, lo nombraron Mario y a la segunda, nacida muchos años después, Cecilia —mi madre—. Mario, como se llamaba también su abuelo, siempre tuvo lo peor de la familia y lo devolvió con creces: fue muy rechazado y comparado con mi madre, a quien ya de adulto, intentó de distintas maneras joder.
Pero como esta no es su historia, dejémoslo en que lo único que hizo bien fue ayudarnos a mis hermanas y a mí en un tiempo espantoso de crisis, cuando mis padres habían sido encarcelados por razones políticas; él nos sacó del país y, sin saber muy bien qué hacer con nosotras, nos llevó a Disneylandia.
Mi abuelo, del que escuché historias, que imagino completas, no se quedó con mi abuela, se fue a la revolución con los hermanos Flores Magón, editó con ellos Regeneración y se dedicó a amar a otras mujeres con quienes tuvo hijos, a todos les puso el mismo nombre: a los niños Mario, a las niñas Cecilia.
Como he dicho, cayó de una escalera y murió. Durante su sepelio, sus primeros Mario y Cecilia se enteraron de todos los Marios y Cecilias que había, la muerte de su padre les trajo una noticia: no eran únicos, serlo era una nueva tarea.
Astrid (Ciudad de México)

Este pedacito de mi historia ancestral lo quiero comenzar con mi abuelo paterno. Su nombre es Giovanni Falcone. Era zapatero en Cava dei Tirreni, un pueblito cerca de Nápoles. Se casó dos veces y tuvo muchos hijos. Sus ideales y principios lo llevaron a un campo de concentración. No era judío, pero tampoco Camicia Nera y se salvó por saber alemán y ser útil como traductor. Regresó con los suyos un tiempo muy corto para poder explicarle a todos sus hijos. La familia era muy pobre en el tiempo de la guerra. Cuenta mi papá que en medio de la casa encendían una estufa con fuego para calentarse. En las brasas cocían papas y cuando estaban listas, se sentaban todos juntos a cenar y mi abuelo les contaba historias. Se lo llevaron a Auschwitz, pero justo entonces llegaron los americanos (los estadunidenses) y se acabó la guerra. El abuelo vivió bien sus últimos años al cuidado de su familia y de su consuegra, la señora Anna Maria, una maga en la cocina que hacía, con bien poco, platillos suculentos para consentir a todos y los especiales para cuidar a Don Giovanni. Ella acogió a mi madre, una extranjera morena, mexicana, la segunda esposa de mi padre, y le enseñó su cocina, la que ahora aprendo yo.
La gastronomía italiana es muy popular en todo el mundo, pero como sucede con la traducción, se pierden cosas en el traslado. La auténtica carbonara no lleva crema, ni los fettuccine Alfredo, ni el risotto. La consistencia cremosa se la da el proceso de manteccatura, el cual consiste en revolver mantequilla o cualquier otra grasa con parmesano rallado fino, fino. Eso se le agrega a la pasta o al arroz, una vez que ya se apagó el fuego y con un movimiento envolvente y constante se obtiene la consistencia deseada. Lo que se ha perdido es la técnica y el amor de familia, de una nonna que dedica toda su paciencia a crear el platillo perfecto para los que ama. En este movimiento envolvente, yo pienso en ellos, en hacerle justicia a mis antepasados que con su pasión me dieron vida, porque la vida tiene todo el sentido cuando se comparte una buena comida, un vino y una charla con nuestros seres queridos.
Y el soundtrack: https://www.youtube.com/watch?v=WNqqByKiiAA
Amanda Falcone, Xalapa, octubre de 2019

Mar
Mi infancia estuvo ligada al mar. Sin embargo, nunca me ha gustado. De niña detestaba hacer castillos, sentarme en la superficie vidriosa de la playa y las olas me provocaban desconfianza. ¿Quién no ha sentido el revolcón cuando pierdes el cielo y el aire, das vueltas y terminas con la maldita arena metida en el traje de baño?
Lo único que me divertía era la búsqueda de los tesoros marinos: conchas, corales, caracoles y piedras, y mojar los pies, quieta, en ese pedazo de mundo donde el agua viene y se regresa, donde una espuma blanca por un momento oculta los dedos de los pies y sientes que podrías caminar sin que los demás se percaten, casi en silencio sobre una superficie que es toda ella vaivén y sonido, una que se queda en la noche y te hamaca para recordarte que el suelo es algo que a veces desaparece.
Hace tiempo soñé que un hombre me acompañaba a un lugar cuyo camino se interrumpía por agujeros bardeados. Si te asomabas, abajo rompía el mar sobre esqueletos gigantes de erizos. En mi sueño, ese abismo, se comparaba a las ganas de besar a ese hombre. No lo hacía. Caminábamos hasta un bar donde escuchábamos jazz. Nos sentábamos en la mesa con dos amigas mías. Una lo besaba como yo quería, mientras la otra observaba mi reacción que estaba llena de sorpresa y de rabia, juzgando mi deseo no manifiesto. Desperté.
El mar se cuela aún y me deshace el piso.
Astrid (Ciudad de México)

Pacífico
No hablaré de lo que pasa donde rompe la ola, de la corriente que se enreda y se aferra a la espuma o la sal que se disuelve sumergida en el aire. Quizá del mar que se me perdió en la infancia en Playa los Muertos, como si fuera un augurio, donde ya no arde la luciérnaga la noche, y se queman los hilos de la memoria en un cigarro. Quizá ni eso, y me quede haciendo el ruido del extranjero que se come a parpadeos el cielo toronja, desfigurando en los perfumes de la ginebra la miasma nauseabunda del sargazo. O menos aún, me desgranaré solo en la centelleante arena para que las casitas blancas florezcan sobre mi cabeza y agavillado a otro sueño me plante como la palma me beba como la tuba.
Herles Velasco (Jalisco) | @lacevos
octubre de 2019

Memoria
Contar es la raíz:
A veces una historia inicia otra historia
de embrión el desencanto.


Y la furtividad de los secretos
que ignoraban la voz
un día le murmuran al deseo.
Tropiezan con su sombra, la iluminan.


Las distancias zigzaguean,
periplo del encuentro,
y las caminatas se tornan un abrazo,
ineludibles ganas de deslizar la intimidad al otro.


A veces es la distracción de los cuerpos,
sin delirio ni indigencia,
sólo azar.
Y uno descubre que una mano
puede ser una galaxia
y que el tiempo
es una manera de medir muy sin sentido.


Tan piel la piel es elocuencia,
lengua en el silencio el tacto extiende
la transparencia y el dominio del momento.


Durante algunos días
las habitaciones hacen permanecer un nombre
pronunciado por el sonido de unos labios.


Y a veces una historia
es fuente, rizoma del recuerdo,
violento despertar,
furioso grito,
el paso, que es franquear la tumba,
abandonar la patria del olvido.


Astrid Velasco (Ciudad de México)

Mi abuela tenía las caderas anchas.
Pudo haber dado a luz un ejército numeroso
pero tuvo sólo dos partos: una cuadrilla reducida,
suficiente para llenarle la vida de incendios.


Mi madre tenía las caderas altas y discretas.
Se abrieron una vez y otra vez no. Decidió la ciencia
que fuéramos par, aunque la estadística tendía a una y muerto.


Mi tía tiene las caderas más bien bajas.
A ella se le estiró la piel ya estirada, apenas en cicatriz;
tres salieron de su vientre.


A mi madre y mi tía
se les ha ensanchado
el modo de andar.


Dos mujeres han parido sangre de mi sangre.
Mi prima abrió sus propias caderas para traer otra niña.
Somos un matriarcado sin disimulo.


Bisabuela mi abuela, tía mi madre, abuela mi tía.
Yo: tía que baila y cuenta, que cuenta y anda.


Mis caderas fueron siempre más bien escuálidas.
Las distancias y las muertes las redondearon.


Quizá se me abrieron
                 por dentro
para darme a luz
cada vez que nada me estaba naciendo.


Mercedes Alva

rado (Ciudad de México, 1984)
Del poemario Casa en venta Memoria


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