ˆ Patricia Martí
ˆ Vivian Abenshushan
ˆ Sergio Hernández

Hoy que conozco los resultados de mi ancestría genética y cómo se han distribuido los genes de mis antecesores por tantas regiones geográficas me queda claro que mi búsqueda es nostálgica (como si alguna no lo fuera) y ya no sólo se refiere a la inasible indagación filosófica, metafísica o cúantica de los orígenes del todo, sino a la concreta, determinada y simple historia de mi origen individual, obra aventurada y aventurera de mis ancestros inmediatos y fruto a su vez de nuestros ancestros sucesivos.

ˆ Alfredo Muñoz
ˆ María Aurora Urrusti
ˆ Gabriel Pareyón
Reproducir vídeo
ˆ Minerva Hernández Trejo y Héctor Ugalde
ˆ Demián Flores
ˆ Rodrigo Cabadas

La raigambre de una cultura es su migración.

Las mojoneras, las líneas fronterizas,

las aduanas cuando significan supremacismo y actúan

desde el prejuicio

bajo la sospecha de que los que llegan

lo hacen para pudrir los acervos de los anfitriones,

asfixiará las potencias de cualquier civilización.

Las metáforas fundacionales de los caminos recorridos,

las de la movilidad de los cuerpos en el mundo pero sobre todo de las ideas,

que permiten compararnos por su claroscuro,

las ideas que van por saber que en las antípodas,

que en las maneras, en las sabidurías arracimadas en los dominios

más lejanamente opuestos se descubre el rejuvenecimiento de su sí mismo y es más,

la posibilidad incluso de una cultura dada, lo es todo.

La comprobación

de que la fuerza de una sangre radica

en este nutrimento,

en la posibilidad de dejarse allegar por la alteridad,

supondría entonces

de la participación de estados de vanguardia,

de gobiernos soberanos que, seguros de su soberanía,

autoafirmados y protegidos

por instituciones menos salvajes y más precisas,

y por ende más genuinas y poderosas

esto último, por supuesto, no por su capacidad militar,

su poder de exterminio de lo que no es igual a sí.

Por el contrario, los pueblos porosos, armados

desde el deseo de hacerse como esponja,

significan una verdadera querencia,

guarecencia para al albergar,

más que las armadas, los centros comerciales,

el corporativismo salvaje,

lo que sobrevive del espíritu humano.

Hacen, con ello de abrirse,

un nuevo y verdadero humanismo.

Aquí y ahora, en esta tierra,

debemos sabernos como burritos andinos,

troncos que se echaron a las aguas,

seres en la espera de su emancipación,

la rotura de sus grilletes,

en pos de un reconocimiento filosófico de su independencia, genuinidad, pero también de su poder de alimentar al otro al mismo tiempo que a sí misma en un contubernio cultural.

En los individuos como en las naciones,

se clama el derecho al disenso, la diferencia.

Y la anagnórisis que se convierte en catarsis

luego de lograr su cometido,

aleja a los cánceres culturales más lamentables:

el egocentrismo, la soberbia,

que llevan irremediablemente

a la desecación de los derechos del hombre.

Hay miedo de perder lo que es nuestro.

O lo que pensamos que es.

Pareciera que,

aún sabiendo que debajo de nuestras máscaras

somos apenas niños un tanto huérfanos,

enfermos hasta la locura por el poder y el dinero,

no nos atrevemos a decirnos,

regresa,

démonos rostro,

acontezcámonos antes de desaparecer

hundidos en nuestros terruños.

Y nos aniquilamos.

La parte disidente y la rebaba la destazamos.

Lo que huela a cueva, a culturas y no civilizaciones,

queremos cortarlo de raíz.

Pero no. Así no será. Nunca será.

Estamos ligados ya, heridos todos de incomprensión,

asombro y hartazgo.

Especies cada una mutantes de la otra

a la que quisieran tajar.

Bajo el agua turbia,

bajo los manteles de las convenciones internacionales

para hermanarnos en el capitalismo,

que no hacen sino borrarnos las huellas dactilares,

hacernos falsamente iguales,

que nos licencian con pasaportes ultramodernos

como ciudadanos del mundo,

nadando en gelatina sin cuajar o a punto de disolverse,

sobrevive el pez inatrapable de la identidad,

con sus colas de mil colores,

y que deberíamos ya haber aprendido a ver.

Hay malas noticias.

Y pasmo.

Sinfín de epitafios y programas de asistencia social

que son cada vez menos de asistencia

y casi nunca del orden de todos.

Eso sí, hay cine de superhéroes,

para salvarnos de seres malos imaginarios,

millones de niños afectados

por comprar figuras de acción para, justo, no accionar.

Pero no tal cosa de un contrato social,

cartilla moral con cual identificarnos.

Y a pesar de ello,

nada, no hay nada más importante

que lo que subyace con los ojos abiertos.

Eso, bien que lo sabemos

aunque lo queramos ocultar

con educaciones sentimentales trasnacionales.

Debajo del cuadro de honor de las Naciones Unidas,

estipulado por una maestra de edad avanzada

y poco sabedora del orden de las cosas,

hay siempre,

aunque languidecente,

agonizante por hemofilia y el plomo de las casas de moneda,

una sangre que se rehúsa a enfriarse,

y que grita por el auxilio de Natura

y un tipo de hombre nuevo,

rescatar algún gen que le sobreviva digno.

Malas noticias, también malos augurios

por falta de interés por diagnosticarnos y atendernos.

Y falta tiempo. Eso que, en las almohadas del desdén, ya perdimos.

Ni siquiera por respeto a nuestros muertos,

los próceres que nos dieron alguna máscara

para ocupar como libertad.

Hay, de sobra en este tercer planeta,

más muertos debajo de nosotros que vivos felices.

Son, para las nuevas generaciones,

restos humanos desligados de rostro.

Apenas eso.

Restos. Anónimos.

Aunque debiera ser al revés:

que ofrendáramos a ellos nuestra inteligencia,

les otorgáramos una ofrenda a su memoria,

levantáramos desde su vida nuestro registro curricular tan palmeado.

Sacar su cara del hoyo, de aquellos muertos, caídos por nosotros,

saber que ellos lucharon por el pez de mil colores,

ellos mismos eran uno,

fueron sinónimo de electrones en movimiento

entre continentes,

traficantes de ideas

y acupunturistas señeros, gestores y técnicos de las democracias de nuestras sociedades,

significaría movernos.

Movernos es lo que necesitamos.

No mudarnos de ropas sino de casas,

de sistemas de relación.

Volvernos de nuevo patos migrantes,

trashumantes,

volar o nadar como peces en el agua, anfibios entre el pensar y el sentir,

entre continentes desecados,

animales errantes e imperfectos,

plenos de frenesí por seguir,

por fluir en el universo.

Hay deudas. No bancarias. De sentido.

Problemas de ubicación en el mapa de la realidad.

Y no podrá darse ningún regodeo más de nuestra frágil y entredicha humanidad,

sin otorgar ese rostro a los antepasados,

ponérnoslo sin rechazar su sangre coagulada, con todo y sus fugas y goteos.

Para lograr una nueva escultura social se necesita de nuevo ser seres de madera.

No aluminio, acero inoxidable de superhéroe mentiroso.

Habrá ya que abandonar nuestro ímpetu imbécil por amar más la elevación de nuestro puesto en una oficina,

las láminas de los autos de carreras

que nuestra propia genealogía o descendencia.

La velocidad idiota,

el tiempo de la flecha.

Porque alguna vez fuimos eso,

madera de árbol sagrado,

en la metáfora no fósil sino amorosa

de lo arbóreo como alternancia,

virtud de lo que soñamos como humanos.

Los árboles, los deltas de los ríos,

las orografías que también son nuestras venas,

que nos recorren y aglutinan,

nos piden atención inmediata.

Más hombres de madera y agua aterida, menos poliéster.

Más patos voladores con todas sus vetas,

árboles frondosos de saber y reprogramar,

peces de colas multicolores, que sólo pasar,

hacerse de largo.

¿Acaso aquellos rostros enterrados de nuestros héroes verdaderos que no los imaginarios,

con los ojos abiertos sí,

pero enterrados al fin,

que claman y reclaman

su resurrección,

esas maderas viejas de donde provenimos,

no fueron y son tiradas a hachazos,

calcinados en incendios premeditados,

finamente provocados y calculados?

Así esto,

sólo algunos morirán en ellos.

No los ricos, por supuesto, no los privilegiados.

Porque somos más humanidad que esa lesa que,

con base en un derecho de pocos contra los naturales se contrata y se despide a cada rato, mucho más humanidad en esta especie que se digna o conforma de serlo.

Vivimos y laboramos en edificios gigantes como Babel,

rodeados de lagos artificiales y pastos sintéticos,

como falos perpetradores dispuestos a fungir como tótems,

obeliscos de lo verdadero sin más.

Y ahí, compramos en la milagrosa vending machine, nuestras aceitunas rellenas de llanta vieja pero eso sí, con la ayuda rotunda e inigualable, magistral y ecuménica, qué milagro, de la comunicación digital,

que no de manos y dedos sino de báculos y batutas, bulas y decretos, feudalismos corporativos.

Puras funerarias luego de atiborrarnos de naproxeno.

Así las cosas.

La fuerza de la sangre,

esa ilustre fregona,

ya ni es nuestra.

Tampoco necesariamente proviene ya,

melancólicamente,

de algún polvo de estrellas.

Hemos dado al traste con cualquier orden establecido.

Provenimos del mundo pero este ya no nos pertenece.

Es este un nuevo Pangea, maná para algunos cuantos.

Y las grandes metáforas de la cultura,

el nomadismo, derecho de correr, corrernos, recorrernos, reconocernos con los pies por toda la tierra, las migraciones para abrirnos,

los caminos que sabemos, queremos ver, lo intuimos, como dibujos de luz,

se han taponado.

¿Qué será de nuestro cuerpo individual y social,

de nuestras cordilleras,

con aquellos caminos otrora abiertos y ahora clausurados?

¿Dirá por mucho tiempo la sangre todo aquello

que nos gritó a través de eso que conocimos por arte y cultura? Tal vez muy poco.

Ojalá que sea de nuevo que la sangre nos diga

déjame correr, atrápame o alcánzame si puedes,

que no nos sigamos dando contra los muros,

tasajeando nuestro rostro a cañonazos.

Que seamos de nuevo peces con colas de colores,

patos que viajan hacia aquellos confines

que hemos casi aniquilado,

árboles bien plantados que nos hagan aflorar,

asumiendo lo que de paso no podemos cambiar

como nuestro sino,

nuestro destino,

como ungüento de vida para nuestros pueblos:

que habremos de fenecer para resurgir,

pero también que iremos más por lo que permanezca que por lo que se vaya,

y eso lo harán los que construyan,

los que clamen arte, poesía y libertad.

Antonio Calera-Grobet

ˆ Astrid Velasco
ˆ Tania Bohórquez
ˆ Rodrigo Cabadas
Lo único que me queda muy claro de él es que murió el día de mi cumpleaños. Se llamaba Federico. Vino a México muy pequeño desde Sicilia por razones que desconozco. Tampoco sé cómo conoció a mi abuela, quien para los estándares de la época era una “quedada”, la cuestión es que se casaron. El primer hijo que llegó como sucedía en esos tiempos, rápidamente, lo nombraron Mario y a la segunda, nacida muchos años después, Cecilia —mi madre—. Mario, como se llamaba también su abuelo, siempre tuvo lo peor de la familia y lo devolvió con creces: fue muy rechazado y comparado con mi madre, a quien ya de adulto, intentó de distintas maneras joder. 
Pero como esta no es su historia, dejémoslo en que lo único que hizo bien fue ayudarnos a mis hermanas y a mí en un tiempo espantoso de crisis, cuando mis padres habían sido encarcelados por razones políticas; él nos sacó del país y, sin saber muy bien qué hacer con nosotras, nos llevó a Disneylandia.
Mi abuelo, del que escuché historias, que imagino completas, no se quedó con mi abuela, se fue a la revolución con los hermanos Flores Magón, editó con ellos Regeneración y se dedicó a amar a otras mujeres con quienes tuvo hijos, a todos les puso el mismo nombre: a los niños Mario, a las niñas Cecilia.
Como he dicho, cayó de una escalera y murió. Durante su sepelio, sus primeros Mario y Cecilia se enteraron de todos los Marios y Cecilias que había, la muerte de su padre les trajo una noticia: no eran únicos, serlo era una nueva tarea.
Astrid (Ciudad de México)
 
ˆ Berta Kolteniuk

Erika Martínez 1979

El guardapelo de las poetisas 

Para que nunca se les olvide, las poetas llevan colgando del cuello el guardapelo vacío de las poetisas.

¿Qué hacer con su moño resignado y su croché, sus juegos sin apuesta y sus remilgos, con esa manía tan suya de escribir y tirarse de la enagua?

Me prometí quitarles a sus nombres la tachadura, como quien sabotea un cepo con un palo; no juzgarlas ni juzgar tampoco a quienes consintieron la demencia por un equívoco romántico.

Esto último me cuesta mucho.

Confesando que me gustan las isas y los ismos, y también sin medida lo contrario, me pregunto cuánto quedará en nosotros de su amor por la nadería.

En inglés isabelino llamaban nothing a lo que ellas tenían entre los muslos.

ˆ Lourdes Grobet
ˆ Hersúa
ˆ Sergio Hernández
ˆ Irasema Serrano

Todas las mañanas del 2019, llevando a Bruno (mi primogénito) a la parada del camión de la escuela, a la misma hora y desde el mismo sitio, realizamos una fotografía del ALBA. En primer plano el estadio Universitario de C.U. y al fondo los volcanes que vigilan a la CDMX.

No sabíamos que estas imágenes terminarían siendo el resultado de este trabajo, pero la vida así lo quiso… y nosotros también. Se me ocurrió hacer algo que jugara con la información genética, la herencia, la vida cotidiana, la evolución, el juego… y propongo esta doble hélice que… amanece.  Es la hélice que hace posible pasar la estafeta generacional, (compartida con mi hijo, de manera genética en primera instancia), haciendo algo que nos junte, para intentar que el tiempo se detenga y conocernos, quizás mirando un amanecer y tratar de conservar para siempre un instante, una idea, una imagen que siempre será otra. Se quiere detener el tiempo y no es posible; la evolución de los amaneceres continúa hacia el día, la noche y un nuevo amanecer, pero distinto. Como la vida de un personaje.

ˆ Rodrigo Munrray
ˆ Astrid Velasco
ˆ Demián Flores

Sin duda, somos producto de muchas determinaciones: la biológica, por la que pertenecemos a la especie humana; la genética, que nos particulariza ancestralmente como individuos; la cultural, que nos ubica en un tiempo y espacio históricos; la social, que nos ubica en un determinado lugar de ese contexto histórico y finalmente, la política, que elegimos. ¿Qué peso le damos a cada una de estas determinaciones en el intento permanente de constituirnos como individuos? Los extremos son relativamente fáciles de establecer, por ejemplo, habrá a quien le importe el linaje, tan preciado, tan banal y tan anacrónico, no por nada existen aún monarquías en el mundo, pero la realidad es que somos la mayoría los que existimos y vivimos por razones mucho más simples, generalmente por la constitución de una nueva familia, y resulta relativamente fácil establecer los orígenes inmediatos y conocer la genealogía familiar. 

Yo sé que tuve un bisabuelo catalán que viajó a fines del siglo XIX a Cuba y después a México, donde fundó una librería. También supe, por casualidad, que mi apellido llegó a América con la Conquista a través de un conquistador que se estableció en el occidente del país. Incluso, hay una provincia de Híjar en España, cerca de Teruel, con la que hasta ahora no encuentro relación alguna. El resto de mi familia, abuelas y abuelos, nacieron aquí entre Pachuca, Guanajuato y la Ciudad de México. 

La cuestión es que, históricamente definidos, provenimos de mestizajes genéticos y culturales que importan (o no) cuando adquirimos y construimos la conciencia de nosotros mismos. Es ahí, en ese momento y en ese proceso que somos quienes somos producto de una suma de identidades, entre las que elegimos y las que no, que operan en los diversos frentes de nuestra existencia. Sin duda, hay un núcleo duro: humana-mujer-mexicana, al que se van sumando otras identidades personales, por elección, que nos caracterizan y definen.

ˆ Cristina Híjar
Minerva Hernández Trejo y Héctor Ugalde
^ Adán Paredes

Ella era poderosa y agraciada, parecía una gacela corriendo por la llanura agreste, su cabello se movía a causa de la carrera y el viento caliente que empezó a soplar de súbito. Yo la seguía de lejos con la mirada, aparecía y desaparecía entre los grandes  y secos arbustos de aquel paraje pedregoso. Ella era diferente a todas las mujeres de mi especie. Yo no la quería asustar más de lo que aparentaba, ella no era como yo, yo le parecería tan feo, tan parecido a los animales. Pero porqué corría, su cara de miedo era bonita, los huesos de su rostro eran fuertes, pero : ¿qué la hacía huir? De pronto lo vi, ya no estaba tan lejos de ella cuando lo vi; detrás, a una distancia que se iba reducir muy pronto, venía corriendo un Rinoceronte. Entonces salí de mi escondite entre ramas y pastos secos, su cabello tenía un extraño mechón como el color de los pastos secos. Sin pensarlo y queriendo protegerla, me di cuenta que estaba ya corriendo casi a su lado, ella era muy veloz sobre dos piernas, yo tenía que descansar pero la bestia venía en una pequeña y delgada nube de polvo avanzando hacia nosotros velozmente.  Ella giró su cabeza y con solo verme tomó el control de mi, con un movimiento del cuello  me indicó que la siguiera, apenas pude hacerlo, ella tenía las piernas más hermosas y veloces que yo hubiese visto, era muy poderosa. Dio un giro y señaló un gran árbol que yo no conocía en la llanura, a pesar de que había ido tantas veces a buscar alimento y agua a estos parajes. El Rinoceronte perdió terreno cuando dimos la vuelta brusca hacia el árbol, nos debe haber perdido de vista pues ahí los arbustos eran mayores y más verdes y altos.  Ella subió apresuradamente por el árbol,  yo la seguí, trepando lo más ágil que pude, quería lucirme, hacer algo bien, ella me estaba salvando y no yo a ella.  Estábamos hasta lo más alto del árbol, dominábamos  toda la llanura, a los pocos segundos se escuchó un golpe fuerte y seco allá debajo de nosotros, cerca  del suelo, pero el tronco era tan grueso que ni siquiera se cimbró ante los tres embates que escuchamos del gran y corpulento unicornio.  Ella era más hermosa que todo el paisaje que nos rodeaba,  yo sentía más adrenalina al estar frente a sus ojos que por temor al tremendo animal que chocaba contra la corteza tratando de tirarnos en vano, pero ella era la protectora y de pronto estaba llorando. 

ˆ Fernando Gálvez de Aguinaga
ˆ Alejandro ortiz González
ˆ Nohemí García
ˆ Priscella Uvalle
ˆ Alejandro Ortiz González
ˆ Berta Kolteniuk

Crisol inmanente

Eurídice Navarro y Héctor Ugalde

La raigambre de una cultura es su migración.

Las mojoneras, las líneas fronterizas,

las aduanas cuando significan supremacismo y actúan

desde el prejuicio

bajo la sospecha de que los que llegan

lo hacen para pudrir los acervos de los anfitriones,

asfixiará las potencias de cualquier civilización.

Las metáforas fundacionales de los caminos recorridos,

las de la movilidad de los cuerpos en el mundo pero sobre todo de las ideas,

que permiten compararnos por su claroscuro,

las ideas que van por saber que en las antípodas,

que en las maneras, en las sabidurías arracimadas en los dominios

más lejanamente opuestos se descubre el rejuvenecimiento de su sí mismo y es más,

la posibilidad incluso de una cultura dada, lo es todo.

La comprobación

de que la fuerza de una sangre radica

en este nutrimento,

en la posibilidad de dejarse allegar por la alteridad,

supondría entonces

de la participación de estados de vanguardia,

de gobiernos soberanos que, seguros de su soberanía,

autoafirmados y protegidos

por instituciones menos salvajes y más precisas,

y por ende más genuinas y poderosas

esto último, por supuesto, no por su capacidad militar,

su poder de exterminio de lo que no es igual a sí.

Antonio Calera-Grobet

ˆ Antonio calera-Grobet

Nacido en el estado de México de madre michoacana y padre guanajuatense siempre forme mi identidad con base a los referentes externos cercanos a mi persona, SOY chiva de corazón por identificación con mi padre (es su equipo de soccer favorito) y estudioso por parte de mi madre (en su momento me dio clases en la escuela y me exigía el doble de esfuerzo que al resto de sus alumnos), de mas grande busque la identificación con la cultura que según yo iba conmigo: la maya tolteca. En esta tradición la disolución del ego es una tarea obligada y muchos de los simbolismos que constituían mi personalidad se fueron abajo, sin embargo, seguía siendo MEXICANO.

¿Qué es en realidad lo que me delimita? Desde la postura psicoanalítica el “yo” es el otro, es decir nos vamos identificando con las definiciones que el otro nos devuelve (siempre y cuando tengamos los mismos códigos lingüísticos) como imagen hasta construir un imaginario de lo que creo que soy. Es evidente que la relación yo-tu está construida sobre imaginarios que van tejiéndose hasta crear una red común que moldea la identidad colectiva como una forma de integrarnos en un mismo territorio simbólico. Sin embargo, la modernidad nos ha ido planteando nuevas identidades que surgen del dialogo entre la modernidad y las tradiciones, lo individual y lo colectivo, entre otros diálogos, dando paso a identidades cada vez mas subjetivas y complejas que en ocasiones no comprendemos y por lo tanto tendemos a rechazar.

Pero y ¿qué pasa cuando nos encontramos con evidencias mas objetivas como por ejemplo la constitución de mi ADN? Sabemos que el mapa no es el territorio, por lo tanto, aquello que digo que soy construido por la interacción con el medio se pone en entredicho cuando el interlocutor es tu propio cuerpo, no existen significantes suficientes en nuestra razón para poder acomodar una identidad creada desde los signos primigenios; entonces ¿quién SOY? ¿SOY el territorio? ó ¿SOY el mapa? ó podría ser que ¿soy el cartógrafo?

Los nuevos tiempos van derrumbando las fronteras simbólicas de la identidad colectiva e individual. Actualmente fenómenos como el de la migración parece amenazar nuestros núcleos de identidad al grado de sentir rechazo por aquellos que invaden nuestro territorio físico y simbólico. Sin embargo, habría que replantearnos los puntos de encuentro con aquellos que nos traen nuevos significantes para poder comprender mejor esa pregunta de ¿quién SOY? Si dejo de lado la creencia de que SOY el territorio o SOY el mapa y nos ponemos en el papel del cartógrafo podríamos generar nuevos códigos para la interacción y el dialogo con el otro. Ser el cartógrafo nos lleva a la tarea obligada de conocer el territorio para trazar los mapas de esa territorialidad que nos constituye desde al ADN mismo.

Todos vamos navegando en la nave interestelar llamada tierra, somos compañeros del mismo barco navegando hacia la misma dirección y como veo las cosas la siguiente parada no se ve tan prometedora, es necesario reconectarnos desde lo primigenio y comprender mas a fondo los constituyentes biológicos de nuestro organismo para resignificar nuestro lugar en el mundo, no solo como individuos sino como especie. Poder abrazar ese mosaico genético que me configura me complementa y me compromete con todos los territorios de la nave tierra, no solo como representante de un espacio determinado y coartado por significantes caducos y rígidos que empobrecen nuestras conciencias y nuestras almas sino desde significantes dinámicos que se mueven junto con los tiempos de apertura necesarios para construir una humanidad diferente, creativa, incluyente y sobre todo, agradecida.

No basta ni se necesitan banderas que exaltan nacionalismos, preferencias, ideologías entre otros tantos mapas de territorios que aun sin ser explorados por el cartógrafo se enarbolan como si ese fuera el único saber que vale; se necesitan aventureros, revolucionarios, transgresores, artistas, osados, e incluso conciencias ignorantes que puedan y quieran adentrarse en los territorios inexplorados de su cuerpo-tierra e irse a encontrar de manera directa con sus significantes ancestrales hasta encontrarse divergente en la mar de las semejanzas que ahoga el verdadero sentido del SER.

Las nuevas formas de dialogo deben incluir la historia de nuestros ancestros, recuperar el linaje perdido entre las migraciones y los sedentarismos. La historia de los vencidos y los vencedores, el pasado y el presente, la modernidad y las costumbres entre otras muchas formas de disuasión de la conciencia. Necesario es ahora deshacernos de los linderos de nuestro saber acotado para abrazar lo diferente sin sentir que invadimos, sabernos herederos de esos territorios que aun siendo inexplorados por nosotros habitan en nuestro código genético y también nos pertenecen, poder abrazar sus costumbres, sus pensamientos y todas aquellas representaciones o mapas que hablan de NUESTROS territorios para poder trascender el NUESTRO como principio apropiativo y transformarlo en principio inclusivo en donde Yo soy perteneciente a ese significante y no al revés.

Hoy para mi el conocimiento de mi ancestralidad me abre un nuevo horizonte en donde las fronteras geográficas se diluyen dejando tras de si un territorio por transitar en busca de las huellas que mis antepasados dejaron para encontrarme con la historia de miles de años olvidada, caminar los pasos de mis ancestros me puede permitir reconocerme migrante en transición, indefinido ser humano que espera poder romper con el sedentarismo ideológico limitado por fronteras tangibles que se representan en mi conciencia como limites o bordes, en donde más allá de ellos se encuentra lo que se supone que no soy, sin saber que es ahí mismo en donde saber SER es parte de un sin tiempo que es posible habitar hoy mismo.

“Desnudo me entrego al aire para así poderme fundir con el sol

Ya me di al poder que mi destino rige

No me agarro ya de nada para así no tener nada que defender

Ya no tengo pensamientos para así poder ver

Ya no tengo temor a nada para así poder acordarme de mi

Sereno y desprendido el águila me dejara pasar a la libertad

Así sea”

Oración del guerrero

ˆ Gabriel Ibarra
ˆ Leonel Sagahón
Reproducir vídeo
ˆ Yael Weiss, Guadalupe Nettel, Yvonne Dávalos

Tuércele el cuello al colibrí

Él tiene bello plumaje
Él tiene demasiado largo su pico
Retuércele el cuello al colibrí
Él baila hermoso, le ama el viento, no le hace nada.
No le preocupa el viento. Se aman.
Sáfale el cuello al colibrí
Porque no se hace del rogar
Como una flor viviente se puede parar en las chichis de las mujeres
Como una flor viviente quiere pararse en la chichi de tu mujer
Tuércele el cuello al colibrí
Porque cuando te vayas al trabajo
Se quitará las plumas y se hará hombre
Y tendrá un colibrí pequeñito entre las piernas que sin plumas estará deseoso de encontrar una cueva. Tu cueva.
Por eso escucha mi consejo.

T u é r c e l e e l c u e l l o a l c o l i b r í.

ˆ Mardonio Carballo
ˆ Myriam Beutelspacher
ˆ Andrea Fuentes
ˆ Rafael López
ˆ Néstor Quiñones
ˆ Leticia Vieyra
ˆ Humberto Spíndola

Blaga Dimitrova 1922 – 2003

Ars Poética
Crea cada uno de tus poemas como si fuera el último.
En este siglo saturado de estroncio,
lleno de terrorismo,
en el que todo ha echado a volar con velocidad supersónica
la muerte viene aún más rápida.
Manda cada una de tus palabras
como si fuera la última carta antes de la ejecución,
como un mensaje en el muro de la prisión.
No tienes derecho a mentir,
ni el derecho a los juegos infantiles.
Simplemente no tienes tiempo para corregir tus errores.
Escribe cada uno de tus poemas,
lacónicos y despiadados,
con sangre, como una despedida.

Siembra a ciegas 
Arrojadas de ninguna parte 
por la mismísima mano vacía del Universo,
semillas de laboratorio, 
esparcidas y abandonadas a su suerte, 
o peor todavía, 
bajo permanente control, 
nos precipitamos
y precipitamos 
cada vez más aceleradamente,
más unidireccional, 
más vertical, 
cada vez más y más 
hacia la Tierra,
hasta sembrarnos en ella.

¿Y qué brotará?

ˆ Lourdes Grobet
ˆ Lourdes Grobet
ˆ Adán Paredes
Mi infancia estuvo ligada al mar. Sin embargo, nunca me ha gustado. De niña detestaba hacer castillos, sentarme en la superficie vidriosa de la playa y las olas me provocaban desconfianza. ¿Quién no ha sentido el revolcón cuando pierdes el cielo y el aire, das vueltas y terminas con la maldita arena metida en el traje de baño?
Lo único que me divertía era la búsqueda de los tesoros marinos: conchas, corales, caracoles y piedras, y mojar los pies, quieta, en ese pedazo de mundo donde el agua viene y se regresa, donde una espuma blanca por un momento oculta los dedos de los pies y sientes que podrías caminar sin que los demás se percaten, casi en silencio sobre una superficie que es toda ella vaivén y sonido, una que se queda en la noche y te hamaca para recordarte que el suelo es algo que a veces desaparece. 
Hace tiempo soñé que un hombre me acompañaba a un lugar cuyo camino se interrumpía por agujeros bardeados. Si te asomabas, abajo rompía el mar sobre esqueletos gigantes de erizos. En mi sueño, ese abismo, se comparaba a las ganas de besar a ese hombre. No lo hacía. Caminábamos hasta un bar donde escuchábamos jazz. Nos sentábamos en la mesa con dos amigas mías. Una lo besaba como yo quería, mientras la otra observaba mi reacción que estaba llena de sorpresa y de rabia, juzgando mi deseo no manifiesto. Desperté. 
El mar se cuela aún y me deshace el piso.
ˆ Diana Platas
ˆ Malena Díaz
ˆ Minerva Hernández Trejo y Héctor Ugalde
ˆ Abigail Jara

Tengo que resaltar que el haber sido invitada a participar en este estudio me hizo sentir sin duda privilegiada entre muchos, el simple hecho de tener la posibilidad de saber mas de mi a un grado de detalle inimaginable, creaba en mi un nerviosismo inexplicable. 

Lo primero que daba vueltas en mi mente fue el, “que haré con esa información”, información “solo de mi, solo mía, vista de cerquita, que se abre de repente al mundo”. “Uff que miedo” 

Esta gran oportunidad sin duda alguna generó una gran curiosidad y expectativa, sembró esa necesidad de querer saber mas de la trayectoria de mi familia a lo largo de ¿los siglos?. 

“¿Estaré hecha de lo que creo que soy, y si no?” 

ˆ Celia Peniche
ˆ Lourdes Grobet
ˆ Nohemí García
ˆ Myriam Beutelspacher
ˆ Mauro Herrera

Los estudios de ancestría hechos por empresas comerciales, son usados en muchos casos para incidir en los públicos con ofertas de panaceas de salud, nutrición, calidad de vida y longevidad. Esa, es acaso una de las vertientes menos perversas del uso tendencioso de los estudios de los genetistas, cuando no dispara incluso elucubraciones de carácter racista. En términos de nutrición o de calidad de vida, un factor que no puede olvidarse es que la salud de los habitantes del planeta -plantas y animales depende de la salud de la tierra, la de los suelos y la del agua. A su vez está ligada a la manera como producimos y distribuimos nuestro alimento, a la manera como construimos nuestras viviendas y a como procesamos nuestros desechos. La obra artística 52 Voces considera esos temas.

ˆ Mauricio Cervantes
ˆ Rafael López

ˆ Valentina González

Muchas cosas asombrosas existen y, con todo, nada más asombroso que el hombre.

Antígona, Sófocles

La imaginación como el asombro se manifiesta de formas insospechadas. Si por algo son tan poderosos ambos conceptos es porque son capaces de moldear nuestra mente. Llevo años interesada en conocer qué es, cómo, porqué y para qué imaginamos y he de decir que, en el mismo documento donde me presentaron los resultados de mi estudio genómico de composición ancestral, me fue entregada, también, una potente dosis de asombro que me re imagina…

Interpretar mi informe genómico me hace reinterpretarme, re imaginarme.

Parto de entender a la imaginación como la capacidad de operar nuestras facultades mentales en términos de posibilidades. Así, de la mano de la teoría sobre la imaginación propuesta por el inglés Kieran Egan, desmenuzaré mi informe genómico interpretándolo a la luz de las cinco formas en las que, como adulto, imagino el mundo. El presente texto, primera entrega, abordará sólo la primera forma de imaginación, la llamada también imaginación somática.

 

Somos seres humanos antes de ser seres humanos con lenguaje.

Kieran Egan.

Imaginamos de una forma prelingüística y no sólo lo hicimos antes de decir “mamá” por primera vez, esta forma de imaginar sigue con nosotros a lo largo de la vida. La imaginación somática o imaginación con el cuerpo buscó, quizá desde antes de que nacieras, hacerte conectar con el entorno para recrear posibilidades mentales (imaginación) en función a asegurar tu supervivencia. Esta imaginación reviste tu instinto y sobrevive mientras tu intuición se desarrolla; su cómplice: tu cerebro reptiliano; las herramientas con las que la ejercitas: las respuestas emocionales y sensaciones, los sentidos, el sentido del humor, la musicalidad, entre otras.

Imagina que una apacible mañana sales a caminar. Justo en el momento en que te dispones a cruzar la calle escuchas un rechinido ensordecedor, antes de que, desde la corteza prefrontal, se elabore un argumento que sopese el riesgo de seguir andando, tu cuerpo ya se ha detenido. ¿Qué crees que imaginaste?

 

Ahora bien, toma en cuenta que el asombro es un potente detonante para la imaginación. En mi caso, el asombro que me ha producido conocer mi informe genómico me ha entusiasmado a iniciar un viaje que seguramente me hará, no sólo comprender mejor los temas relacionados a la ancestría genética, sino comprenderme mejor desde mi propia ancestría genética. He ahí una de las funciones de la imaginación: comprender.

(…) Imaginar te permite comprender, ir más allá de la información, es, a la vez, una actividad cognitiva y experiencial, que permite abordar la profundidad de la realidad y sentirla; aspectos estos ligados a la flexibilidad, en la cual el ser humano se da la oportunidad de asumir diferentes posturas, reconocer a los otros y compartir con ellos sus opiniones, visiones, relatos y discursos. (Tobón, 2007) 

Por ahora, desde la fase somática de la imaginación, decido acompañar mi comprensión sobre mis complejos procesos evolutivos escuchando https://www.youtube.com/watch?v=JnmZdTiyE-Q

Adriana Grimaldo, Monclova, Octubre de 2019

ˆ Adriana Grimaldo

ˆ Antonio calera-Grobet

ˆ Héctor Ugalde

Reproducir vídeo

^ Fernando Rivera Calderón

ˆ Rodrigo Murray
ˆ Astrid Velasco
ˆ Rodrigo Cabadas
ˆ Mónica Nepote
Este pedacito de mi historia ancestral lo quiero comenzar con mi abuelo paterno. Su nombre es Giovanni Falcone. Era zapatero en Cava dei Tirreni, un pueblito cerca de Nápoles. Se casó dos veces y tuvo muchos hijos. Sus ideales y principios lo llevaron a un campo de concentración. No era judío, pero tampoco Camicia Nera y se salvó por saber alemán y ser útil como traductor. Regresó con los suyos un tiempo muy corto para poder explicarle a todos sus hijos. La familia era muy pobre en el tiempo de la guerra. Cuenta mi papá que en medio de la casa encendían una estufa con fuego para calentarse. En las brasas cocían papas y cuando estaban listas, se sentaban todos juntos a cenar y mi abuelo les contaba historias. Se lo llevaron a Auschwitz, pero justo entonces llegaron los americanos (los estadunidenses) y se acabó la guerra. El abuelo vivió bien sus últimos años al cuidado de su familia y de su consuegra, la señora Anna Maria, una maga en la cocina que hacía, con bien poco, platillos suculentos para consentir a todos y los especiales para cuidar a Don Giovanni. Ella acogió a mi madre, una extranjera morena, mexicana, la segunda esposa de mi padre, y le enseñó su cocina, la que ahora aprendo yo.
La gastronomía italiana es muy popular en todo el mundo, pero como sucede con la traducción, se pierden cosas en el traslado. La auténtica carbonara no lleva crema, ni los fettuccine Alfredo, ni el risotto. La consistencia cremosa se la da el proceso de manteccatura, el cual consiste en revolver mantequilla o cualquier otra grasa con parmesano rallado fino, fino. Eso se le agrega a la pasta o al arroz, una vez que ya se apagó el fuego y con un movimiento envolvente y constante se obtiene la consistencia deseada. Lo que se ha perdido es la técnica y el amor de familia, de una nonna que dedica toda su paciencia a crear el platillo perfecto para los que ama. En este movimiento envolvente, yo pienso en ellos, en hacerle justicia a mis antepasados que con su pasión me dieron vida, porque la vida tiene todo el sentido cuando se comparte una buena comida, un vino y una charla con nuestros seres queridos.
Amanda Falcone, Xalapa, octubre de 2019
 
ˆ Astrid Velasco
ˆ Tania Bohórquez
ˆ Hersúa
ˆ Tania Bohórquez
ˆ Sergio Hernández

Soy la rapiña de mi antepasado marino holandés; soy los cuatro nombres de mi abuelo zapoteco.
Soy el mayoneso; soy el Charles.
Soy el trabajador ilegal y soy la mirada hermética del estudiante de anatomía.
Soy la pregunta que se pregunta a sí misma, y no se encuentra.
Soy la pregunta que se pregunta sobre sí misma, y se pierde en las siete letras de su
primer apellido.
Soy un cajón, y otro, y otro. En el cajón de arriba hay una imagen de dudosa
procedencia, en el de en medio un acta de nacimiento mal transcrita, y en el de abajo el mapa de un mundo que ya no existe.
Soy el desorden cotidiano de las vidas entremezcladas, y soy también el falso orden de
la imposición racial.
Soy un rompecabezas cúbico, eternamente a medio construir.

ˆ Alantl Molina
No hablaré de lo que pasa donde rompe la ola, de la corriente que se enreda y se aferra a la espuma o la sal que se disuelve sumergida en el aire. Quizá del mar que se me perdió en la infancia en Playa los Muertos, como si fuera un augurio, donde ya no arde la luciérnaga la noche, y se queman los hilos de la memoria en un cigarro. Quizá ni eso, y me quede haciendo el ruido del extranjero que se come a parpadeos el cielo toronja, desfigurando en los perfumes de la ginebra la miasma nauseabunda del sargazo. O menos aún, me desgranaré solo en la centelleante arena para que las casitas blancas florezcan sobre mi cabeza y agavillado a otro sueño me plante como la palma me beba como la tuba.
Herles Velasco (Jalisco) | @lacevos
octubre de 2019.
ˆ Luigi Amara
ˆ Vivian Abenshushan
ˆ Alejandro Ortiz González

La Malinche o Malintizin, jugo un papel importante durante el periodo de la conquista, pues era más que la traductora y comunicadora, fue la consejera de Hernán Cortes, el conquistador, y su participación fue clave porque le permitió a Cortes tejer las alianzas para derrocar al gran imperio Azteca. La Malinche hablaba la lengua náhuatl y la maya porque recibió una educación que estaba reservada, en su época, a las familias con una posición privilegiada, lo que a su vez le facilitó el aprendizaje del castellano.

La colaboración de esta enigmática mujer indígena tiene un valor simbólico innegable en la formación de la actual nación mexicana, porque, además de tener un hijo con Hernán Cortés, da origen al mestizaje representando el enlace de las culturas que conforman un nuevo país. El dilema de la Malinche es ser personificada como la traidora que, seducida y/o sometida, vende a su gente al líder extranjero, haciéndola merecedora del rechazo de la sociedad de donde es originaria. Asimismo, tampoco encaja en la sociedad de españoles recién llegados, por ser considerada una india de inferior categoría. Para ser aceptada tiene que asimilarse, evangelizarse y transformarse en Doña Marina, como la bautizan los españoles.

Según Hernández A. (2oo5) ¿Cómo puede ser considerada una traidora una esclava a la que han excluido de su sociedad y que vio en los españoles la esperanza de mejorar su vida?

Lo cierto es que para ciertas feministas la Malinche representa la búsqueda de un espacio seguro en un momento de ruptura de un imperio donde las mujeres eran sometidas y sacrificadas. En este contexto, la vía es la asimilación a la nueva sociedad, lo que significo convertirse en….., transformarse en ….,  para integrarse a una cultura que se suponía era mejor, más evolucionada, por lo tanto superior, y así, lograr tener un lugar. No obstante, la profunda raíz ancestral no desapareció sufrió una metamorfosis, a pesar de que quedó enterrada gran parte de su riqueza cultural.

El nacimiento de esta nueva cultura tendría que haber puesto en el centro a los representantes de la misma, los mestizos, pero no fue así, durante siglos siguió siendo dominada y organizada por los criollos, que establecen estructuras y jerarquías sociales desiguales, dejando al margen a los portadores de las culturas originarias, y a la mayoría de los mestizos, en este entorno de desventaja las mujeres fueron las menos favorecidas…

ˆ Catalina Cruz
ˆ Piscella Uvalle
ˆ Tania Bohórquez
ˆ Gabriel Pareyón
ˆ Tania Bohórquez

Yo no soy yo
como el paciente zapatero no fue, el religioso padre
de Francis Crick, no el dogma sino la física,
cierto atardecer en las márgenes del río Nene,
la curvatura y el peso de las ramas de un árbol.

Yo no soy yo y soy
la canción de cuna que tarareaba mi madre,
las especias y el fogón de la cocina de mi abuela,
la forma de caminar de mi padre rápida, nerviosa,
de animal encerrado.

Yo no soy yo y soy
cuando veo reposar el largo cuerpo del amado,
sus movimientos pausados, distenso
el tendón y el ligamento, su sueño
heredado entre continentes.

Raíz no somos, seca por dentro,
sin la aleación de las moléculas
y sin embargo somos la memoria del árbol,
el fluir del río, cierta luz en nuestros rostros.

ˆ Enzia Verduchi
ˆ Priscella Uvalle
ˆ Leonel Sahagón

El proyecto del Mosaico genético me ha llevado a imaginar, escondido en mis células, un complejo código secreto que recoge una larga historia, que rebasa irremediablemente el legado inmediato de mis padres y abuelos. Me gusta pensar que, en mi cuerpo, se manifiesta la memoria genética de personas que habitaron el espacio indoamericano –esa parte que llaman Mesoamérica—  miraron el horizonte mediterráneo, sintieron frío en las montañas del Punjab (¿o tal vez Cachemira?) y caminaron por las tierras africanas donde se originó la vida humana. Cuando intento “mirar” hacia atrás –sería mas preciso decir “adentro”—  imagino espacios y tiempos que, aunque “objetivos”, para mí son borrosos, espectrales e irreales. El pasado ya no existe, como tiempo se ha perdido irremediablemente; pero las células desafían al olvido porque logran que lo que fue sobreviva de muy distintas maneras en cada uno de nosotros. Soy historiadora y aunque estudio las “herramientas conceptuales” y los “discursos” en torno a la vida de los seres humanos en el tiempo, cuando se trata de mi pasado, me resulta imposible aprehenderlo con mis sentido o mi mente. Por eso, este camino de autorreflexión me lleva a las imágenes, con las que me siento cómoda para expresar lo inefable.

ˆ Itzel Rodríguez
ˆ Humberto Spíndola
ˆ Felipe Morán