Escritor, periodista y curador, función que actualmente desempeña en el Museo Rufino Tamayo de Oaxaca. Ha curado y escrito para exposiciones Internacionales de Francisco Toledo, Goya, Rembrandt, Gabriel Orozco, Demián Flores, entre muchos otros y fue director del Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca durante cinco años. También fue Director Fundador de la Ceiba Gráfica en Coatepec Veracruz, Director del Espacio Escultórico La Telaraña y La Nave Central de la Calera, Director del Suplemento Cultural Revista Mexicana de Cultura en el periódico El Nacional. Con sus textos ha sido colaborador en La Jornada, Letras Libres, Milenio, Milenio Semanal, Cambio, Revista de la Universidad Nacional Autónoma de México, El Universal,  El Búho de Excélsior, Casa del Tiempo de la UAM entre muchos otros. Ha curado y organizado y escrito para exposiciones de artistas tan relevantes como Goya, Rembrandt, Dalí, Max Klinger, Picasso, Ruelas, Vlady, José Luis Cuevas, Alejandro Santiago, Gabriel Orozco, Jorge Yázpik, Hersua, Helen Escobedo, Demián Flores. Entre las Exposiciones colectivas importantes que ha realizado destacan dos revisiones de las vanguardias artísticas Europeas a través del grabado para el Instituto de Artes gráficas de Oaxaca que incluyeron piezas de Picasso, Munch, Cézanne, Gauguin, Kandinsky, Touluse Lautrec, Pisarro, Max Beckman, Alfred Kubin, Miró, Alechinsky, etcétera. Recientemente curó la exposición Toledo Múltiple para la American University de Washington. Es curador de Difusión Cultural Figueroa y Hernández. Ha escrito decenas de catálogos y libros de arte. 

Beso de Luz

Ella era poderosa y agraciada, parecía una gacela corriendo por la llanura agreste, su cabello se movía a causa de la carrera y el viento caliente que empezó a soplar de súbito. Yo la seguía de lejos con la mirada, aparecía y desaparecía entre los grandes y secos arbustos de aquel paraje pedregoso. Ella era diferente a todas las mujeres de mi especie. Yo no la quería asustar más de lo que aparentaba, ella no era como yo, yo le parecería tan feo, tan parecido a los animales. Pero porqué corría, su cara de miedo era bonita, los huesos de su rostro eran fuertes, pero : ¿qué la hacía huir? De pronto lo vi, ya no estaba tan lejos de ella cuando lo vi; detrás, a una distancia que se iba reducir muy pronto, venía corriendo un Rinoceronte. Entonces salí de mi escondite entre ramas y pastos secos, su cabello tenía un extraño mechón como el color de los pastos secos. Sin pensarlo y queriendo protegerla, me di cuenta que estaba ya corriendo casi a su lado, ella era muy veloz sobre dos piernas, yo tenía que descansar pero la bestia venía en una pequeña y delgada nube de polvo avanzando hacia nosotros velozmente. Ella giró su cabeza y con solo verme tomó el control de mi, con un movimiento del cuello me indicó que la siguiera, apenas pude hacerlo, ella tenía las piernas más hermosas y veloces que yo hubiese visto, era muy poderosa. Dio un giro y señaló un gran árbol que yo no conocía en la llanura, a pesar de que había ido tantas veces a buscar alimento y agua a estos parajes. El Rinoceronte perdió terreno cuando dimos la vuelta brusca hacia el árbol, nos debe haber perdido de vista pues ahí los arbustos eran mayores y más verdes y altos. Ella subió apresuradamente por el árbol, yo la seguí, trepando lo más ágil que pude, quería lucirme, hacer algo bien, ella me estaba salvando y no yo a ella. Estábamos hasta lo más alto del árbol, dominábamos toda la llanura, a los pocos segundos se escuchó un golpe fuerte y seco allá debajo de nosotros, cerca del suelo, pero el tronco era tan grueso que ni siquiera se cimbró ante los tres embates que escuchamos del gran y corpulento unicornio. Ella era más hermosa que todo el paisaje que nos rodeaba, yo sentía más adrenalina al estar frente a sus ojos que por temor al tremendo animal que chocaba contra la corteza tratando de tirarnos en vano, pero ella era la protectora y de pronto estaba llorando.

Los golpes cesaron y el gigante de cuatro patas desapareció. Ella me enseñó unas piedras que tenía allá arriba, eran lindas como sus pómulos pulidos, las acariciaba, se las devolvía y ella las volvía a meter en el hueco que había dejado una rama caída. Sus ojos me preguntaron de dónde venía, porqué era tan raro. Sin embargo, bajó a una rama ancha y me dejó comer de las frutas que tenía ahí guardadas, yo no tenía nada pero las semillas de una de las frutas eran brillantes como sus ojos y extendí una mano con dos óvalos negros. Luego, acerqué las dos semillas a mis propios párpados e hice mi mejor ruido. Tras compartir una sonrisa en la cara de ambos, mis manos se hicieron caricia y alianza en la suyas. Ella se recostó en la mas grande de las ramas dónde había hecho su nido, su cama, su alta madriguera de hojas y paja y un tejido fino de varas, no hizo ningún sonido pero me dejó quedarme con ella. En la noche sin viento, agitamos el follaje desde dentro. Al quedarnos dormidos, la fragancia de su cuerpo me dijo que se llamaba Lucy.

Cuando desperté Lucy había vivido varias metamorfosis, pero su aroma seguía recogiendo el olor de las hierbas por las que había corrido. Su cara era similar, pero el tono de su piel y sus cabellos ya no estaban tan revueltos, eran otros, yo seguía cansado. Mientras recordaba el ascenso raudo al árbol ella abrió de tajo el tronco y salió. Caminé apresuradamente detrás de ella, pronuncié su nombre como si hubiese sido el primer nombre dicho en la tierra: “Lucy”. Ella corría, casi brincaba por las escaleras. Ella gritó: “No agregues letras a mi nombre, soy Luz.” Ella abrió otro trozo de madera cuando llegué abajo. Afuera vi algo que rugía como un animal desmesurado y aterrador. Quería asomarme a la llanura, pero aquí la tierra era dura y una multitud de gente con el cuerpo cubierto de colores terminó de despertarme. Subí como narcotizado por mi propia consciencia del presente, realmente a Luz la conocí hace mil generaciones, pensé, realmente su beso es el más brusco y suave. Sentí un pequeño dolor en el labio bajo, tenía una grieta a causa de una de sus mordidas breves, impulsivas, pero cortantes al fin y al cabo. En esa gota de sangre caben tres millones de años se me ocurrió mirándome al espejo, me chupé la gota roja y tenía un sabor profundo, intenso como el primer beso que nos dimos, allá entre el dibujo caprichoso de las ramas y las hojas verdes.